Crítica

Café con Mario Conde

Mi padre fue durante su vida un pintor aficionado. En ocasiones, cuando yo era pequeño , me sentaba silente en el lugar en el que situaba sus telas, paletas, tubos de colores, pinceles y otros instrumentos que utilizaba para el ejercicio de su afición. Porque de eso se trataba, de una labor de aficionado a algo tan profundo como el arte.
Admiraba la facilidad con la que manejaba el trazo sobre el lienzo. Era, creo, un magnífico dibujante. Deslizaba las líneas con una suavidad y un ritmo realmente extraordinarios.
De él aprendí el color, el nacimiento del color por mezcla de colores. Su gran afición pictórica residía en el payaso. Pintó cientos. Bueno, quizás no tantos, pero desde luego decenas. Tenía una maestría especial para situar en los ojos de esos personajes una expresión profunda de tristeza. Daba igual que dibujara en su labios la sonrisa.

La expresión que se transmitía al espectador en la comunicación con la obra era de una tristeza existencial vital, como si el vivir, en la noción de mi padre, fuera esa tragedia interior del payaso que se siente obligado a hacer feliz a otros, al menos a arrancarles sonrisas, viviendo en una profunda tristeza interior nacida de la conciencia de su soledad humana.

Mi padre me enseñó el artre. Sobre todo el color y el mensaje de las formas. No le gustaba el abstracto. Prefería el impresionismo. Su gran ídolo fue Van Gogh, sus autoretratos le fascinaban y los cuervos sobre campos de trigo casi le generaba catarsis. Pero por encima de estilos y obras, de colores y formas, aprendí el mensaje profundo contenido en la expresión pictórica. Mi padre no pintaba payasos. Pintaba la tragedia del vivir. Pero a pesar de las enseñanzas de  mi padre no puedo decir que sea experto en arte. Con las obras pictóricas y con el arte en general me sucede lo mismo que con los vinos. No soy bebedor, pero puedo diferenciar un vino bueno de otro malo, siempre, claro, que el parámetro diferenciador sea mi propia percepción. Es bueno para mi un vino que me gusta. No lo es el que no cumple esa condición, diga lo que diga el experto de turno.
No cedo al pensamiento convertido en patrón. Menos al sentimiento patronizado.
La obra de Carlos Prieto me gusta. Mucho. Es una obra de juventud que contiene, al menos eso percibo, elementos de madurez. Por que no solo contiene la forma y el color, el diseño y el trazo, sino que en ella se quiere expresar algo. Todo dirán que expresan algo. Muchos sostendrán que esto que escribo es común a cualquiera que produce sus obras, seas pictóricas o de otra naturaleza. Asi es. Pero no todos lo consiguen. Todos, o cuando menos muchos, intentamos que de nuestras gargantas salgan sonidos armoniosos en eso que llaman cantar. Pero la armonía, esta armonía de las notas, es patrimonio de alguno, no de todos. Muchos cantan. Pocos lo consiguen de tal modo que generen melodía En la obra de Carlos Prieto, en mi modesta pecepción de aficionado, encuentro dosis de armonía entre el color, la forma y el fondo, entre la expresión epidérmica y el mensaje que vive dentro.Encuentro melodía. Por otro lado, la temática que en este caso maneja, contiene visiblemente elementos de denuncia. Detesto la hipocresía en cualesquiera de sus formas. No soy excesivamente aficionado a la denuncia explícita a través del arte, sino al mensaje mas subliminal, a ese que nace al contacto entre la obra y el espectador. Un libro es un diálogo entre el autor y el lector. Una obra pictórica participa de esa naturaleza.
Pero de la misma manera que el libro se objetiva, se independiza al nacer, al cobrar solidez de materia,  de quien lo creó, lo mismo sucede, en mi opinión, con la obra pictórica. Por eso, una vez creado el color y ajustada la forma, la obra vive libre por si misma y el dialogo autor/espectador, pasa a transformarse en un dialogo obra/ espectador. Alguien dirá que es una forma de monólogo. Puede ser, pero la obra estimula nuestros sentimientos. Eso digo de la de Carlos Prieto. Con independencia de la belleza escondida en el color y la forma, su obra me ha llevado a hablar un rato conmigo mismo.Y le agradezco mucho que haya provocado con su obra semejante resultado.

Mario Conde

Tolo Albertí

A lo largo de mi vida he conocido a diferentes artistas pero nunca a uno tan joven con virtudes tan destacadas como las de Carlos Prieto. Conocí a Prieto a través de sus exposiciones donde me sorprendió su estilo propio y maduro a pesar de su juventud.

Sus últimas obras nos acercan a grandes artistas clásicos del París del siglo XIX pero con una personalidad, frescura y un lenguaje propio de representación en sus obras  donde refleja personajes, gestos y miradas pícaras y  lejanas de gran sensibilidad y sentimientos.

La obra de Carlos Prieto es joven, viva y en un proceso constante de experimentación pero al mismo tiempo refleja una madurez en su persona y obra.

Conclusión, un artista con grandes perspectivas de futuro.

Luis Maraver

La juventud es el mayor  tesoro que posee,                     la osadía ante la tela su mejor aval.                        Carlos es un artista con impulso y deseo de explorar, que  busca forjarse como artista su propia personalidad pictórica.

Su comienzo ecléctico en influencias, se hace inevitable y pleno de justificación, dada su juventud.  Las primeras pinturas  se  sumergen en las obras de artistas de referencia.
Se marchó a Paris, como hicieran otros tantos artistas en la historia del arte, con el deseo de profundizar, de descubrir, de renovar y con muchas ganas de aprender. Ahora nos muestra el resultado de una etapa  de trabajo intenso, de visitas a museos y galerías y de empaparse hasta asimilar las lecciones de los clásicos.
Carlos ha madurado y las obras sobre papel que ha realizado en Paris, evidencian un salto adelante hacia la construcción de su identidad. Lejos de nutrirse de caminos fáciles, estas pinturas son una propuesta innovadora, de una estética expresionista, con  un gran sentido simbólico y toda la fuerza del gesto. Enamorado del claroscuro, del color negro, y de la figura humana, crea un mundo de sugerencias con un gran poder evocador. La influenza de la ciudad, le ha proporcionado asumir su identidad pictórica a partir de las experiencias que ha adquirido, el encontrar su manera individual de entender la pintura, que como en la vida, siempre es buscar y encontrar.

Miquel Barceló i Adrover

Hace cuatro años que vi por primera vez la obra de Carlos, y comente este tipo vale, tiene talento, llegará lejos, cosa que está demostrando después de su paso por Paris, para mejorar su técnica y coger de nuevas, pues me ha confirmado que no solamente es una esponja que lo absorbe todo, también es una depuradora que todo lo que ve después de estudiarlo lo adapta a el, a su estilo que en estos momentos está creando .

No solamente es una gran promesa , ya es una realidad viva.



Martín Garrido

Carlos prieto o la voluntad del deseo

La vida es luz, belleza, jugosos corazones henchidos de gloria… eso cuentan algunas crónicas profundamente religiosas y esos lamentables panfletos de autoayuda de los que tantos millones de personas se nutren tristemente con el propósito de no ser tan miserables, también lo proclaman muchos que caminan a la sombra del engaño, de telones rosas tras lo que únicamente pueden encontrarse niños muertos y cielos arrasados. Creo en la belleza y en la gloria, cantares sin ninguna similitud con la luz de un sol superficial y efímero, porque la vida, a mi buen ver, es oscuridad, polvo, olvido y voluntad de deseo.
Carlos Prieto es un jovencísimo artista al que hace poco tuve la suerte de conocer personalmente. Hace tiempo que sabía de su existencia, aunque hasta ahora no había tenido oportunidad de relacionarme con él y saber cómo era en realidad. Su obra más reciente ha sido concebida como una representación que sugiere el auténtico sentido de este mundo, el de la decadencia que origina el caos de nuestros frenéticos anhelos. Admirar a la multitud es enfrentarse al abismo, y eso es precisamente lo que hace Carlos cuando pinta, contemplar amorosamente a unos personajes decadentes desde el polvo. He tenido constancia de muy pocos pintores que dirijan su mirada desde el suelo, a la altura de los emplastos de toda suela que se mueve por aquí, entre los insectos y la porquería milenaria acumulada por los siglos sobre el paraíso del que fuimos desterrados por nuestra insaciable estupidez. Carlos, sin embargo, se atreve a acuclillarse, a apoyar su delgado rostro contra el frío y húmedo asfalto, para ver cómo es la gente cuando se mira a través del prisma del polvo.
Los personajes de Carlos, como la mayor parte de los míos, pertenecen a una época muerta, días luminosos de los que no queda otro rastro que el dejado por los grandes. Hablan sin abrir la boca, dichos personajes, utilizando los ojos que ya no volverán a llorar y acaso pronto quedarán sellados por ese silencio que todo ser humano lleva dentro, en las entrañas sobre las que quedan impresas las huellas de toda experiencia, canto o miseria. Carlos ha sabido plasmar en sus papeles sentimientos de los que probablemente nunca se atreverá a hablar y ansias que su alma conserva cerradas bajo llave, en un cofre del que ni siquiera él desea tener constancia, porque la existencia de los artistas, diga lo que diga la gente, suele ser más dura que la de las personas corrientes, nuestro cuerpo y nuestra mente son esponjas, catalizadores, universos particulares capaces de abarcarlo todo para llevar a cabo alucinantes metamorfosis que lo que enseñan es la verdad en estado puro, nuestra realidad, escandalosa naturaleza de sombras indefinibles entre las que podemos encontrarnos todos.
Yo siempre he dicho que los artistas somos los únicos que, en la negrura total, buscamos sin cesar. En vez de quedarnos solos, como hace la mayoría una vez comprendida su misión, los artistas no dejamos nunca de buscar a tientas respuestas que no llegan. A nosotros no nos asusta nada, los golpes nos fortalecen, nos llenan de orgullo. Las huellas de nuestras heridas son como esas cicatrices de guerra que uno no desea ver desaparecer, porque en ellas se encuentra nuestra identidad. Eso es algo que Carlos sabe, lo demuestre o no con palabras y actuaciones, ahí están sus pinturas para dar fe de ello, sus trágicos rostros, esos ojos ennegrecidos por el alcohol y la furia vencida de quien acepta la mayor soledad de todas, la que reina cuando hay gente, entre las multitudes. Hay tantas esperanzas perdidas en la carne de las figuras de Carlos que admirándolas uno podría evocar a Toulouse-Lautrec, Freud y a tantos otros artistas que una noche decidieron cuál era su destino, el de sacrificar la vida por un sueño imposible.
Sinceramente, pocas veces me he sentido identificado con la obra de alguien vivo, la gente a la que más amo lleva tiempo muerta o está muy lejos de aquí, sin embargo, hay algo en Prieto y en su reino de penumbras que me llega. La manera que tiene de absorber el mundo que le rodea me intriga, sobre todo por lo que conlleva la categórica negativa de los sentidos hacia el presente y sus monstruos. Hablo, como no, del ineluctable progreso que conduce a la raza a la destrucción. Somos criaturas frágiles con demasiada ambición, estamos corrompidos por nuestro egoísmo, por la necesidad de respirar el aire contaminado que escupen nuestras fábricas y todos los vehículos enloquecidos con los que pretendemos conquistar lo inalcanzable, una eternidad que nunca podrá conseguirse con dinero o sangre, únicamente a través del arte, de la sensibilidad que estamos perdiendo lentamente en la aberrante bacanal de los tiempos modernos. Carlos lo sabe, y por eso le da la espalda al día de hoy, al hombre moderno, a la globalización que poco a poco nos transforma en asquerosos clones incapaces de amar lo que realmente importa, todo para centrarse en una de las mejores épocas de la historia, cuando los edificios no tocaban el cielo y no existían bombas con poder para devastarlo todo. Esa época es la del viejo París de principios del siglo pasado, el de la bohemia y los artistas sin nada que llevarse a la boca pero mucho que expresar a golpe de pincel y botella, trazos geniales y absenta. El París de las modelos exhaustas, de los estudios diminutos, del amor.
La gente habla de amor a menudo, cosa que me hace mucha gracia. El amor es una hermosa inscripción que las lluvias del nuevo milenio están borrando de nuestros corazones, por alguna extraña razón al mundo ya no parecen interesarle los sentimientos, sólo la imagen, el dinero, originar envidias… Ahora el amor es lo que la Coca Cola y Macdonald´s quieren que sea, imagen y nada más, una superficie tras la que no hay nada, ni una reflexión que cuestione el por qué de las cosas, del derrumbe de la sociedad, de la muerte del arte. Porque está muriendo, amigos míos, os lo digo yo, que lo veo agonizar día tras día, en los periódicos y la televisión, en los ojos de las pocas personas que todavía son capaces de sentir sin influencias, personas como Carlos Prieto, que se aferra desesperadamente a las luces de un tiempo que por desgracia no viviremos, frívolas noches de cancán, borracheras de absenta, Toulouse dibujando a su fulana favorita mientras se pregunta por qué el destino ha sido tan injusto y caprichoso con él. Yo he estado allí, en sueños que he tenido despierto, frente a telas y papeles que ojalá nunca hubiera pintado. Muchas veces me doy cuenta de que no vale la pena, de que lo que debería hacer es quemarlo todo y abandonarme de una vez para ver arder el mundo. No me gusta la tarea que se me ha encomendado, la de la crónica de nuestros días, testimonios del fin, de la podredumbre que brilla en las falsas sonrisas de nuestros gobernantes y reyes y todas esas personas que las luces del tiempo que tanto nos gusta a Carlos y a mí habrían aniquilado como si de vampiros se tratara.
Puede que en aquel tiempo hubiera mucha miseria y decadencia, pero aun así era infinitamente mejor que nuestros días. Ya no queda inocencia, ni bondad, ni gente sacrificada, solamente políticos que chupan del bote y bancos que prestan dinero a bancos, que viven y se lucran a costa del pueblo que se deja los cojones trabajando para salir adelante sin más pretensiones que mantener vivo el flujo de una humanidad que no respeta ni venera por falta de tiempo y narices para rebelarse. La mayoría está tan jodida que no quiere saber nada de arte, es mejor emborracharse, drogarse, follar hasta reventar mientras en la radio suena esa horripilante música/ruido que mata los sentidos y así evita que desarrollemos la sensibilidad que todos los niños poseen y luego, al crecer, pierden. Nosotros, los artistas como Carlos o un servidor, sólo somos personas que hemos conseguido mantener el talento de la niñez en nuestro interior. Por mucho que envejezcamos, por arrugados que estén nuestros adiposos rostros en el futuro, en el fondo seguiremos siendo niños como, por ejemplo, Dalí, quien gracias a su método crítico-paranoico ya aventuró lo que acabaría ocurriendo.

Las figuras de Carlos me hablan de cosas que en muchas ocasiones he imaginado, porque, ya lo he dicho antes, yo he estado allí, con Picasso, Nonell, Casas, Rusiñol, Gargallo, todos bailando y bebiendo con las parroquianas de turno hasta la madrugada sin pensar en otra cosa que el lienzo que esperaba en la buhardilla, entre tubos de pintura vacíos y pinceles sin cerdas, junto a la ventana desde la que podía observar a los delincuentes que en esos años se escondían en Montmatre. También he estado con Rembrant, velando junto al catre en el que murió más pobre que un gato y repudiado por la disgustada sociedad que no había sabido apreciar sus retratos por la falta de parecido que se apreciaba al compararlos a los modelos. He estado con Van Gogh, ayudándole a envolver su oreja mutilada después de que se la cortase en un arrebato de ira propiciado por Gauguin. He estado con Zurbarán en su lecho de muerte, el pobre Zurbarán, un viejo arruinado que no paraba de despotricar contra Murillo, que le había robado la fama con su innovador estilo. He estado en… Han sido tantos los sitios, tantos los alaridos, que podría pasar cien años hablando sin parar acerca de ello, de lugares como esos a los que Carlos regresa una y otra vez para acompañar a putas y bailarinas que ya no distinguen a un hombre de otro, que conocen su sino y ya no esperan más de la vida, sólo de la botella y la noche a través de la que viajan riendo salvajemente mientras contemplan el amanecer del nuevo mundo, el que nos ha tocado a nosotros y tanto despreciamos.
Puede que fuera una época difícil, así lo muestran los cuadros de Carlos, con la pequeña diferencia de que entonces había ilusión y la gente moría esperanzada, sabiendo que habría podido conseguir rozar las estrellas pese a la pobreza y la mala suerte. Hoy no nos queda nada de todo eso, el capitalismo y la mediocridad han extendido su telaraña convirtiendo así en imposible la posibilidad de medrar. Hipotecas demenciales, sueldos irrisorios, incapacidad para amar… sí, para amar, porque a pesar de que en la época que Carlos pretende revivir con su obra como si quisiera sumergirse en ella para no volver, en esos días de fiesta y sueños, las putas eran vendedoras de felicidad, igual que los artistas o los músicos que pintaban y componían porque lo sentían y no por dinero. Amor alcohólico, triste, vicioso y desamparado, pero amor, al fin y al cabo. La gente estaba unida y salía adelante, no como hoy día, que si te he visto no me acuerdo y cuidado que te rocío la cara con ácido y te quemo vivo. Claro que entonces el arte estaba vivo.
A mi amigo Carlos todavía le queda mucho que andar, cientos de burdeles que visitar para entender mejor qué es esa cosa que lleva dentro y le hace sentir tan intensamente todo lo que ve y le sucede. Sus veinte años valen por cuarenta, aunque no debe bajar la guardia, hacer caso de la gente cuando le habla de la oscuridad y le dice que siga recto, que no tiene pérdida. Si tiene que hacer algo es seguir luchando por mantener viva la llama del arte un poco más, al menos hasta que venga otro (si es que viene, que cada día es más difícil encontrar a gente con talento) a coger el relevo. No debe, como hago yo en las horas bajas, desanimarse nunca. En vez de eso hay que mantenerse en el lugar que toca, en el estudio, frente al caballete, y luchar con el pincel, la espátula y las entrañas hasta que no quede nada por hacer aparte caer muerto en el agujero que los mediocres y los envidiosos habrán cavado para ti a tus espaldas.
¡Ánimo, amigo mío, y adelante!

Martín garrido
PRIETO O LA ESENCIA DEL ARTISTA

Martín G. Ramis

Hay millones de pintores, pero aunque parezca increíble, muy pocos de ellos son artistas. ¿Y de qué está hecho un artista?

Un artista está hecho de humor, de ironía, de transgresión, de excepción, manifestando siempre una singularidad diferente al ser humano normal y corriente, manifestando una rebeldía nata contra todo lo establecido. Y cuando uno es así, y, además es pintor, como en el caso del joven Prieto, el arte, con letras mayúsculas, es evidente, no se puede disimular.
¿Cómo podríamos definir la obra de Prieto? ¿Quizá como una sinfonía hecha con sus propias experiencias?
Puede que sí. Podría ser una sinfonía que nos evoca los secretos más secretos de su mente; los secretos más secretos del mundo que le rodea, del mundo que ve y se impregna hasta lo más profundo de su ser. Por eso su pintura es tan sencilla como la auténtica vida. Es poesía triste hecha una realidad cotidiana, marcando el ritmo, reapareciendo en cada cuadro como el ciclo de la vida, proponiendo cada vez diversos juegos y lecturas realizadas con una total libertad.
Pinturas llenas de fuerza y expresividad realizadas casi sin pintura, casi sin colores, que nos recuerdan los frescos medievales. Y en esas pinturas hay figuras rectas y retorcidas a la vez, que representan el espacio del artista que organiza en función de lo que le dicta su alma. Rostros alargados dibujados, a veces nítidamente y otras difusamente, pero siempre sugerentes a la sensibilidad levitando en viejos cafés y cuartos sugerentes. Y así como juega con sus carboncillos concediéndoles impensables recorridos que componen figuras muy sugerentes, dramáticas y libres, con el color marca diferencias, las pautas, los sentimientos, los dramas de su propia vida.
El arte de Prieto debe de ser comprendida como ciclos creativos y muy diferentes, aunque siempre guiados por la misma mente creadora. El artista, sin proponérselo, quiere cautivar la historia, el mito, la vida misma, su propia existencia, quiere impregnarse del fantasmagórico poder de la poesía para plasmarlo con colores en cualquier lugar liso y blanco. La poesía grita en su interior, lo habita y le guía por el camino correcto que sólo conocen los auténticos artistas.
Y ahí reside el interés del trabajo de este artista, que no se limita a pintar y a vender, sino que se pasa la vida mirando lo que le rodea y dibujando en su mente el mundo que le ha tocado vivir y que él quiere transformar en algo bonito y auténtico. No le importa lo material, es desprendido y agradecido, como los grandes, porque él piensa siempre que tiene demasiado y que otros necesitan cosas.
Carlos Prieto sabe que el camino a recorrer del artista es largo y tortuoso, lleno de vacíos. Y también sabe que no es suficiente con tener talento. Él sabe que la clave de vida es el arte, y que si uno no se consagra a él, como hace una monja con Dios, sacrificándolo todo, nunca llegará a comprenderlo ni será merecedor de él.
Martín G. Ramis
Escritor. Invierno 2009

 

Tomás Horrach Bibilioni

Carlos Prieto, este joven pintor de 20 años ha plasmado en sus cuadros lo que le ha inspirado su recinete estancia en Paris . Sin dejarse llevar por las tendecias actuales de pintores consagrados.
Muchas horas de investigación artística, estudio de la obra de grandes pintores de siglos pasados, dias y noches delante de sus lienzos, le hacen seguir su propio camino lejos de modas presentes.
Carlos Prieto va contracorriente en la moda artística actual, algo que, desde mi punto de vista, es valiente, arriesgado y una constante en los autenticos pintores de todos los tiempos.
A su corta edad y con toda una carrera artística por delante, nos demostrará, sin duda alguna, donde radica el verdadero valor del arte pictórico.
Después de ver su obra, creo que, este joven pintor mallorquín, ha comprendido que la moda actual, de la pintura, no conduce a ningun lugar:estrellas fugazes, puro marketing… donde menos importa es la obra del pintor.

Tomás Horrach Bibiloni

Manolo Coronado

Presentar en Águilas la obra de Carlos Prieto, en su primera exposición , es una prueba de la gran confianza que tengo en su valía como artista.

Conozco su trabajo paso a paso, sus dibujos llenos de fuerza expresiva y trazos seguros. En sus lienzos se vislumbra una gran búsqueda creativa

Carlos Prieto es un pintor de hoy, pese a solo tener 18 años, demuestra en cada uno de sus cuadros, la inquietud, el trabajo y la constancia: el Vulcana contructivo del Arte.

Carlos Prieto me recuerda a otro momento marcado en mi vida. Me llamo hace años, mi amigo Fernando Calderón, gran admirador del arte pictórico y colecciones de pintura, para que fuera a Felanitx, a que le diera la opinión de la obra de un alumno suyo , quien le parecia que prometia en este difícil mundo del arte. Me acompañó el pintor Mariano Villalta y alli nos mostraton la carpeta repleta de dibujos de dicho alumno, al verlos, nos miramos y, al mismo tiempo, exclamamos, “Habemus Pintor”

El jovencísimo, todavía niño, era Miquel Barceló, hoy en dia gloria de la pintura joven. Y esta es la misma sensación que me da la pintura de Carlos Prieto. No hay cabida para la indiferencia, si para la admiración.

Manolo coronado 8 de abril del 2005

Joan Bennasar

Tiene ante si un camino ancho y largo que seguro andará con la resolución que tienen los buenos artistas, porque es joven , impetuoso y pintor.

 

 

 

 

 

 

 

Joan Bennassar

José Aranda

CARLOS PRIETO: LA FUERZA DE LA JUVENTUD

Cuando a Oscar Kokoschka, un padre, preocupado por el futuro que le esperaba a su hijo pintor, le preguntó cual sería su devenir en la vida, el maestro le contestó: ” Puedo asegurarle que el futuro de su hijo será incierto, peligroso y hasta perjudicial, pues la vida de un artista está plagada de frustraciones. Aún así, sé que su hijo predilecto posee talento, pero no seré yo quien apague su llama con el desaliento. Quien se acerque a mí contará con mi apoyo”.
Carlos Prieto es un joven pìntor que me ha entrado por el ojo derecho. Posee la capacidad de trabajo que precisa este oficio y un enorme talento para el dibujo, que es la base de toda obra bien hecha. Además, huye de la moda que nos invade e infecta, cual virus, como es el videoarte, la performance o el arte minimal decorativo. Sus pinturas nos retrotraen al arte de grandes maestros, a los antiguos, y por eso mismo creo en su talento. ¡Pero cuidado! Tus principales enemigos serán tus propios compañeros, los pintores, y para eso debes estar alerta. Y también el ego, fatal pecado de la mayoría de creadores. Te queda un largo camino por recorrer. No todo será fácil, como ahora,pero no dudes que, ante el elogio, ante la adulación, el dinero o el éxito, tú siempre te encontrarás solo ante la tela en blanco; y ante ella,no cabe la mentira, ni el peloteo, ni los arribistas. Sé que vas por la senda de los buenos artistas, y esta senda, siempre, es como ir por el alambre de un funambulista. Tienes suficiente cabeza y talento para no caer en el abismo.

JOSÉ ARANDA

Onofre Prohens

Cuando conocí a Carlos Prieto, ví que tenía alma de artista, a escogido una profesión muy difícil; mientras irá subiendo escalones, se encontrará con envidias y desilusiones, espero que esto no te haga desfallecer, y sigas subiendo para que llegues al final, que se que llegarás porque tienes alma y capacidad para triunfar.

 

Así te lo deseo amigo Carlos y se que todo te sonreirá.

 

Onofre Prohens

Pascual de Cabo

Un día, un buen amigo y buen pintor me comento algo sobre un chico que apenas tenía la ventena de años, concidi con el en casa de mi amigo Santi, nos saludamos y apenas charlamos. Pasado un tiempo le visite en su estudio y comprobé personalmente algo que ya me gustaría que ocurriera más a menudo, en estos tiempos de verdadera sequía de artistas.
Comentado con él sobre arte y pintores, le miro a los ojos y pienso sin lugar a dudas aquí hay un artista.
Me da la impresión , que sólo quiere estar entre pintura y pinceles le encanta pintar cuando la gente duerme y bocetea de una forma extraordinaria.
Perdónenme yo creo entender de este mundo de pinceles y de arte y apuesto firmemente por este joven artista.
Permiteme mi amigo y colega.

Tu siempre amigo Pascual de Cabo.

Basilio Escudero

Carlos Prieto es un joven que avanza con paso firme , se ve que tiene las ideas claras , como consecuencia de esta claridad es positivo lo que ahora pinta, se le presenta un futuro prometedor, su presente deja constancia de su soltura, de su sentido del color, de su capacidad para interpretar la realidad y hace aflorar otra realidad: la suya.

 

Su obra tiene ángel y duende

 

Basilio Escudero

Joana Ferrer

Ha nacido artista, su primera exposición fue en Aguilas en abril de 2006, la tituló SENSACIONES, con sólo 18 años tiene muy claro el camino a seguir, sabe que es difícil, y muchos se quedan en el camino, la segunda exposición la hizo en septiembre de 2006, la primera en su ciudad, la tituló EMOCIONES, quizás por lo que pensaba podría sentir cuándo observaran sus conocidos su trabajo.

 

 

Estoy encantada que inaugurara mi galeria con su obra, estoy totalmente seguro que en breves lo veremos ya consagrado.

 

 

Tiene mucho talento

Bartolomeu Martínez Oliver

Por más que se empeñe Carlos Prieto no es un pintor inteligible en una primera mirada. El resultado de su análisis es tanto una actitud como una nota de conciencia ante el acontecimiento pictórico.
Cuando los individuos deben expresar el significado personal que distintas formas tienen para ellos, sus respuestas abarcan un amplio espectro de significados simbólicos.
Carlos Prieto adopta estos y los estimula, aunque no sólo incluyen asociaciones con objetos, personas y situaciones, sino también sensaciones, estados de ánimo y sentimientos, conceptos abstractos, metáforas y símbolos. Claroscuro es la última apuesta artística del joven aunque sobradamente preparado Carlos Prieto, un total de más de 24 lienzos nutridos de técnica mixta que reflejan su estado de ánimo y su pasión por la humanización del arte. En su obra seleccionada, sujeto, sueño y realidad marcan las coordenadas de una aventura personal. Carlos Prieo conoce los caminos de la génesis pictórica pero también, como creador visual, los límites inciertos del proceso.
Sugerente y sensual, desde la pintura construida capa a capa aflora a la superficie el eco de gestos y medidas , goteos y formas humanas que Prieto expone como instantes de la existencia.
Por este acento pictórico, por el modo de enfrentarse, abordar y resolver cuadros Carlos Prieto es una de las voces mallorquinas mas personales del momento, más firmes y comprometidos.
De formación autodidacta, Prieto tiene grandes cualidades innatas del ejercicio pictórico y gracias a ello, realiza cuadros resueltos con una potencia visual arrolladora.
El joven artista es culto e informado, cualidad que demuestra en sus obras.
Gracias Carlos por ser nuestro embajador estético del nuevo futuro

Bartolomeu Martínez Oliver
Historiador del arte
8 de junio de 2007

 

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